jueves, 12 de abril de 2012

EL MILAGRO INESPERADO


Prólogo del libro:
Árbol del Paraíso / Antología de narradores colombianos contemporáneos
(Bogotá, 2012. Común Presencia Editores / Fundación Cultural Libro de Arena)




*  *  *


EL MILAGRO INESPERADO
Por Iván Beltrán Castillo

Recuerdo un tiempo, ahora tan distante como para tener leves contornos míticos, en el que todos queríamos hacer la revolución permanente y el amor permanente, beber y vivir en exceso, planear suicidios de autor y anatemas colectivos y, sobre todo, escribir inolvidables cuentos. Fue, sin duda, una etapa enervada y quimérica  que en su mayor parte vino a recalar en el territorio vago y recurrente de lo no cumplido, lo que apenas tuvo vida en la imaginación. Aquellas apetencias nutridas por la mística de Santa Teresa, los laberintos fúnebres de Pavese y Shakespeare, los arrebatos dialécticos de Bertolt Brecht y las convocaciones blasfemas de Valle Inclán o Sade, terminaron por mostrarnos su verdadero y ceniciento rostro, el del incumplimiento y la postergación.

Tal vez sea ese el motivo de que ahora, cuando habitamos realidades groseramente tangibles, cívicas y poco estimulantes, lo único que nos quede de esos días pretéritos sea la costumbre de merodear, con erótico entusiasmo, en el universo de los grandes cuentistas, para comprobar que, a pesar de la caída, seguimos transitando en la excepción y siendo fieles perseguidores del asombro.

Todo está perdido, es cierto, menos Borges y Dinno Buzzati, Edgar Allan Poe y O. Henry, Felisberto Hernández o Julio Cortázar, Marcel Schow, Pedro Gómez Valderrama o Juan Carlos Onetti. Por eso regresamos siempre a estos pequeños artilugios de palabras que, en una operación en extremo delicada, nos hacen la existencia más llevadera, menos abrumadora y desleída.

Lector devoto, siempre quise saber de qué material indestructible y sutil están fabricados los escritores que, entre las posibilidades habidas, eligen el azar y la contingencia temeraria de este inaprehensible género, y que,  antes de enseñorearse en la planeación de prometeicos y fatigosos trayectos, se fían al pequeño milagro cotidiano, al fulgor del instante magistral, al recuento de aquellas cosas que, para decirlo con Borges, ocurren una sola vez pero para siempre.

Esquivos como la felicidad, los cuentos aparecen aquí y allá, de vez en cuando, como el meteoro que de improviso engalana la noche, siempre como una excepción, nunca como el cabal cumplimiento de una regla. De ahí la necesidad y validez de todas las antologías que los compilan, y que no buscan otra cosa que orientarnos a través de una enmarañada jungla de voces hasta el lugar prodigioso donde respira —diáfano y vital— un milagro inesperado: el gran cuento.

Árbol del Paraíso, este libro sembrado de visiones, es el resultado de la obcecada y metódica búsqueda de ese milagro. Durante meses, haciendo parte de talleres y encuentros en los que se fatiga la relojería y los subrepticios mecanismos de la ficción, estos  narradores, algunos novísimos, otro no tanto, se han dado el lujo, con diversas fortunas, de derrochar visiones oníricas, contar las pesadillas ambulantes de sus urbes, rememorar crímenes y episodios galantes, ahondar las iconografías contemporáneas, predecir horizontes y, antes que cualquier otra cosa, recordarnos que todo episodio humano, por insustancial o deleznable que parezca, es un milagro irrepetible, una eternidad encapsulada.

No cometeré el imperdonable yerro de referir aquí argumentos o pormenores dramáticos. Eso degradaría mi función de antologista y restaría magia al presente volumen. Básteme con señalar que en algunas líneas encontré el espanto de la noche moderna, si es que existe una noche que soporte semejante nombre; asistí a los ritos, placenteros y temibles, de la carne;  me encontré de frente con el miedo y sus intensas olimpiadas; transité mundos urbanos que se me antojaron apenas ilustraciones del espíritu y decorados de la imaginación; y debí transitar por callejuelas intrincadas infestada de monstruos goyescos, bárbaras mitologías populares, músicas adocenadas, asesinos sin mucha convicción, amantes desprovistos del sentido original de su condena y furibundas pasiones dignas de alimentar nuestras visitaciones oníricas; me encontré aquí como en una antigua película de John Huston, allí como en una ranchera desgarrada de José Alfredo Jiménez, y más adelante en una de las iluminaciones de Arthur Rimbaud. Así, para citar un gran ejemplo, en “Dalila Dreaming”, la aciaga ficción de Carlos Castillo Quintero sobre el destino trágico que suele acompañarnos a los escritores sin brillo, en “Imperfecciones” de Daniel Ramírez o en “Ovejas y lobos” de Jorge Chaparro Africano. 

Pero si la noche es el teatro cruel de los avernos personales el día le pertenece al infierno colectivo, quiero decir a la vigilia carnicera de la historia y sus encarnaciones y son varios los relatos que nos lo transmiten con efectiva pavura y lánguida belleza. Así lo comprobamos en los notables relatos “Alguien fuma” y “Lluvia en azul” de Claudia R. Niño, o en la reconstrucción de novela negra de los abyectos hechos de noviembre del 1985 ensamblados diestramente por Mario Reyes Becerra en “Autores mediatos”, o en las certezas del siniestro pequeño juez de “Casa de Justicia”, el cuento de Luis Antonio Rodríguez.

Muchas otras son las sorpresas que le depara este libro al lector aguzado. Desde la arrojada experimentación de Luis Enrique Izquierdo en “Los Seven Suicide” hasta el tono casi onírico de Diego Ávila Jacobo en “Adán y Eva”, o la escritura bretoniana y automática de Julio Medrano en “Maniquí sin pieza 7:42” o “Exhibición”, o esa saga poética de perdedores que se precipita en los “Días de sol” de Henry Arturo Linares, hasta la ternura contenida en “Una carrera especial” de Andrés Mauricio Muñoz, “Como una rata” de Susan Hallyday, “El muñeco de granizo” de John Jairo Zulúaga, “Mariposas del placer” de Beatriz Eugenia Camacho, y la fatalidad con visos kafkianos en “La moneda” y “La llamada” los relatos de Naudín Gracían, para arribar a los relámpagos verbales de Maribel García, que parecen arrojarnos de la comodidad e instalarnos en el reino de lo imprevisible, lo azaroso y fascinante.

Algunas figuras estelares de la literatura contemporánea parecen, a mi juicio, bruñir este Árbol del Paraíso, curiosamente plantado en el centro del infierno. ¿Estarán en desacuerdo conmigo los tripulantes de este libro si susurro con timidez los nombres de William Styron y Jack Kerouac, de Pedro Juan Gutiérrez y Andrés Caicedo, de Cristina Peri Rossi, Paul Auster y Julio Cortázar, de Malcom Lowry y Franz Kafka, de Guillermo Cabrera Infante y Adolfo Bioy Casares? Pensarán que estoy loco si agrego también algunos nombres imprudentes como el de H.P. Lovecraft, Dashiell Hammett y hasta el de la vituperada y melosa Corin Tellado? Y qué dirán si postulo que, además de literarias, sus influencias llegan a ser pictóricas (el kitsch, el pop y lo naïf les alimentan) y beben, a mi juicio, de fuentes profanas como la balada popular, el comic, el melodrama y hasta los seriales de televisión.

Cada uno de los cuentos de este Árbol del Paraíso nos recuerda que si el poeta ve la excepción en su resplandor último, el cuentista es el encargado de señalarnos su génesis, el accidente que tiene como consecuencia la presentación de lo impresentable o, como diría bellamente García Ponce, la aparición de lo invisible.

Los escritores conjuntados parecen gritarnos una verdad esencial y olvidada: la vida estará en problemas si algún día ya nadie escribe cuentos.


* * *

Árbol del Paraíso / Antología de narradores colombianos contemporáneos
Se presentará en la noche de Los Conjurados, el próximo sábado 28 de abril, a las siete p.m, en el Auditorio Manuel Mejía Vallejo, en el contexto de la 25 Feria Internacional del Libro de Bogotá.






No hay comentarios:

Publicar un comentario